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Dos pacientes recuperados de Trastorno Límite de la Personalidad lideran grupo de apoyo

Modesto y Chus reciben a los veinte miembros de un Grupo de Apoyo Mutuo   Dos personas recuperadas que padecían […]

Modesto y Chus reciben a los veinte miembros de un Grupo de Apoyo Mutuo

 

Dos personas recuperadas que padecían de un Trastorno Límite de la Personalidad, han sido contratadas por una asociación de Alicante para liderizar a un grupo de apoyo y puedan aportar sus conocimientos.

Modesto y Chus reciben a los veinte miembros de un Grupo de Apoyo Mutuo (GAM). Los caracteriza su amabilidad, conocen a todos, los saludan por su nombre, los abrazan, besan y chocan sus manos.

“La finalidad es apoyar y orientar a aquellas personas que están empezando su proceso de recuperación tras un diagnóstico de enfermedad mental, es un proyecto transversal a toda la entidad”, explica Francisco Canales y Nuria Díaz-Regañón, gerente y psicóloga de la asociación. Los dos líderes Modesto y Chus son parte de todos los servicios de la casa, además dan charlas fuera, en institutos, universidades y asociaciones de padres.

La historia de Modesto es muy relevante, desde los 19 años ya tenía “problemas de comportamiento y agresividad”, es por ello que su familia se regresó a España desde Bélgica. “Hice el servicio militar en Zaragoza y me pasé seis meses en los calabozos por mala conducta, todos me decían que debía ir al psicólogo, pero yo lo veía como uno de esos manicomios antiguos de las películas en los que te atan y maltratan”, detalla.

A los 22 años, se convirtió en un ermitaño en Cazorla, donde pasó unos meses viviendo solo. Fue en ese momento cuando decidió dejar de consumir todo tipo de drogas, desde cocaína y speed, hasta peyote”. Posteriormente, probó el sector del transporte y se convirtió en camionero por toda Europa. “El trabajo me gustaba, pero hay veces que las empresas se comportan como mafias y tú conduces de más y descansas de menos”, asegura. Y la situación no hacía más que alimentar su “rebeldía”. Con el fin de “hacer recorridos más cortos para poder descansar”, decidió dejar el transporte internacional y pasar al local. “Pero un día”, relata, “me pasé 36 horas conduciendo para cubrir un refuerzo”. Y estalló. En 2008, estampó el camión contra las paredes de la fábrica en que trabajaba. Los dueños, un grupo familiar, intentaron agredirle. “Por suerte, un policía pasó por allí y medió”, evoca Modesto, “me aconsejó visitar a un médico porque decía que estaba muy alterado”.

Modesto pasó un año en casa, sin salir. Pero, poco a poco, los psicólogos de la sede de Torrevieja de Adiem consiguieron recuperarle.

 

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Por su parte, María Jesús Rodrigo, Chus, llega a la  asociación, después de haber pasado por la anorexia, la bulimia, la ansiedad y la agorafobia desde los 18 años. “Me he pasado toda la vida en ambulancias y la única solución que me daban los médicos eran las pastillas, me daban un par de trankimazines sin contar conmigo”. “En los hospitales, lo único que hacían era engordarme como a los cerdos, primero llegué a pesar 36 kilos, era un esqueleto viviente”, detalló.

 “Con la anorexia, los espejos se vuelven como los de las ferias, yo me miraba y la percepción era que mis caderas aumentaban”. Como no comía, su cuerpo le pedía “algo”. Y ella sustituía las proteínas y vitaminas “por alcohol y drogas”. “También era una desbocada con el dinero”, reconoce, “iba de compras compulsivamente, era un monstruo, me sentía como un monstruo”. Tras sufrir una braquicardia y después de que los médicos tardaran ocho horas en reanimarla, en el año 2006 comenzó un período de dos años en los que se encerró en casa y desarrolló la agorafobia. “Solo hablaba con la perra, no quería saber nada de nadie, no podía ni salir al balcón”, relata, “ni me levantaba de la cama, ni comía, ni me aseaba”. “Se me olvidó hasta hablar”, confiesa.

Desde hace un año ellos firmaron sus contratos. “para que los demás no tengan que pasar lo mismo”, dice Chus, ellos están contentos de presentar sus experiencias a todos los miembros.

29 octubre, 2018

Modesto y Chus reciben a los veinte miembros de un Grupo de Apoyo Mutuo

 

Dos personas recuperadas que padecían de un Trastorno Límite de la Personalidad, han sido contratadas por una asociación de Alicante para liderizar a un grupo de apoyo y puedan aportar sus conocimientos.

Modesto y Chus reciben a los veinte miembros de un Grupo de Apoyo Mutuo (GAM). Los caracteriza su amabilidad, conocen a todos, los saludan por su nombre, los abrazan, besan y chocan sus manos.

“La finalidad es apoyar y orientar a aquellas personas que están empezando su proceso de recuperación tras un diagnóstico de enfermedad mental, es un proyecto transversal a toda la entidad”, explica Francisco Canales y Nuria Díaz-Regañón, gerente y psicóloga de la asociación. Los dos líderes Modesto y Chus son parte de todos los servicios de la casa, además dan charlas fuera, en institutos, universidades y asociaciones de padres.

La historia de Modesto es muy relevante, desde los 19 años ya tenía “problemas de comportamiento y agresividad”, es por ello que su familia se regresó a España desde Bélgica. “Hice el servicio militar en Zaragoza y me pasé seis meses en los calabozos por mala conducta, todos me decían que debía ir al psicólogo, pero yo lo veía como uno de esos manicomios antiguos de las películas en los que te atan y maltratan”, detalla.

A los 22 años, se convirtió en un ermitaño en Cazorla, donde pasó unos meses viviendo solo. Fue en ese momento cuando decidió dejar de consumir todo tipo de drogas, desde cocaína y speed, hasta peyote”. Posteriormente, probó el sector del transporte y se convirtió en camionero por toda Europa. “El trabajo me gustaba, pero hay veces que las empresas se comportan como mafias y tú conduces de más y descansas de menos”, asegura. Y la situación no hacía más que alimentar su “rebeldía”. Con el fin de “hacer recorridos más cortos para poder descansar”, decidió dejar el transporte internacional y pasar al local. “Pero un día”, relata, “me pasé 36 horas conduciendo para cubrir un refuerzo”. Y estalló. En 2008, estampó el camión contra las paredes de la fábrica en que trabajaba. Los dueños, un grupo familiar, intentaron agredirle. “Por suerte, un policía pasó por allí y medió”, evoca Modesto, “me aconsejó visitar a un médico porque decía que estaba muy alterado”.

Modesto pasó un año en casa, sin salir. Pero, poco a poco, los psicólogos de la sede de Torrevieja de Adiem consiguieron recuperarle.

 

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Por su parte, María Jesús Rodrigo, Chus, llega a la  asociación, después de haber pasado por la anorexia, la bulimia, la ansiedad y la agorafobia desde los 18 años. “Me he pasado toda la vida en ambulancias y la única solución que me daban los médicos eran las pastillas, me daban un par de trankimazines sin contar conmigo”. “En los hospitales, lo único que hacían era engordarme como a los cerdos, primero llegué a pesar 36 kilos, era un esqueleto viviente”, detalló.

 “Con la anorexia, los espejos se vuelven como los de las ferias, yo me miraba y la percepción era que mis caderas aumentaban”. Como no comía, su cuerpo le pedía “algo”. Y ella sustituía las proteínas y vitaminas “por alcohol y drogas”. “También era una desbocada con el dinero”, reconoce, “iba de compras compulsivamente, era un monstruo, me sentía como un monstruo”. Tras sufrir una braquicardia y después de que los médicos tardaran ocho horas en reanimarla, en el año 2006 comenzó un período de dos años en los que se encerró en casa y desarrolló la agorafobia. “Solo hablaba con la perra, no quería saber nada de nadie, no podía ni salir al balcón”, relata, “ni me levantaba de la cama, ni comía, ni me aseaba”. “Se me olvidó hasta hablar”, confiesa.

Desde hace un año ellos firmaron sus contratos. “para que los demás no tengan que pasar lo mismo”, dice Chus, ellos están contentos de presentar sus experiencias a todos los miembros.

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