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La ilusión de despertar mañana en un nuevo hogar

Los habitantes del asentamiento El Gallinero esperan pronto tener un nuevo hogar   Unas 44 familias y 184 personas (103, […]

Los habitantes del asentamiento El Gallinero esperan pronto tener un nuevo hogar

 

Unas 44 familias y 184 personas (103, menores de edad) habitan en El Gallinero, un asentamiento chabolista del sur de Madrid. Cada uno de ellos sueña con mudarse a un nuevo hogar, con paredes resistentes, agua corriente y servicios básicos, tal como lo prometió hace tres años el consistorio, cuando aseguró que acabaría con este tipo de comunidades. La esperanza es que se mudarán a unos pisos en Usera.

Aunque para los niños de algún modo se hayan adaptado a esta improvisada realidad, sus padres aspiran un cambio pronto. Elena Rado ya cumple 16 años viviendo en El Gallinero.”Me da un poco de pena, pero mejor una lavadora que esto”, dice. “Aunque nos hemos acostumbrado”, susurra, mostrando una habitación forrada en telas, con un colchón de mantas impolutas y dos fotos enmarcadas en el cabecero. Aun así, avisa: “Está un poco desordenado y sucio porque, como nos han dicho que nos íbamos, no estamos recogiéndolo”.

La esperanza de mudarse estar cada vez más cerca. El pasado lunes la alcaldesa Manuela Carmena y el presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido visitaron la zona y notificaron el fin de El Gallinero de aquí a septiembre. Sin concretar ninguna fecha exacta, los mandatarios informaron de que habrá dos vías para el realojo: un acceso directo a una vivienda o un traslado a un alojamiento alternativo provisional, compartido y supervisado por los servicios sociales.

 

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“Ya no va a haber Gallinero”,  dijo Carmena. “No podíamos permitir que esto continuara”, comentó antes de animar a los residentes a emprender “esta gran aventura”. “Confiamos absolutamente en vosotros, porque todos juntos vamos a respetar las normas de convivencia. Sé que podéis hacer algo muy grande, sé que vais a ser unos vecinos más de la ciudad de Madrid y ojalá seáis de los mejores”, sentenció.

Ya era hora para este cambio según dicen los habitantes que llevaban tiempo esperándolo. Según cuenta Javier Baeza -cura de la Parroquia de San Carlos Borromeo,  entrevías, y uno de los voluntarios que acude desde hace años a El Gallinero-, el grupo Ahora Madrid prometió el desmantelamiento del poblado en cuanto llegó a la alcaldía. Siempre por medio de la concejalía de Equidad, Derechos Sociales y Empleo. Han estado “mareando” y la gente está “inquieta”, aduce. “No se les da información. Solo se les ha entregado un papel con normas. Y eso nos ha hecho pensar si hablamos de realojo o de tutela infantil”, lamenta el párroco, cómplice firme de estos vecinos de la capital. Se sabe con precisión los movimientos que ha sufrido este lugar próximo a la carretera de Valencia y con un 93% de Índice de Pobreza Humana. Baeza no acudió el día de la visita oficial porque creía que hacerse la foto suponía seguir con la estigmatización de esta población.

Las nuevas circunstancias se revelan positivas, pero no satisfacen a toda la comunidad. De las familias que habitan El Gallinero, unas 18 se han quedado sin esta medida, tal y como calcula Baeza. Al resto se le va a dispersar en barrios de la periferia, sin especificar. Y eso provoca el desasosiego de dónde será, de si estarán cerca de donde estudian o de con quién compartirán portal. Con la decisión final y la hoja de normas que les han proporcionado (donde se establecen sanciones por perder las llaves o se prohíben las visitas, entre otras) andan despistados. Una familia que disfruta de una piscina, por ejemplo, ha quedado fuera del reparto: no tienen solvencia para los 65 euros que cuesta el alquiler. Piensan ya, es en volver a Rumanía. “En cuanto se vayan ellos y vengan a tirar esto, nos vamos a nuestro país”, sostiene uno de ellos, que se resguarda del sol bajo una lona y unos palés.

 

24 julio, 2018

Los habitantes del asentamiento El Gallinero esperan pronto tener un nuevo hogar

 

Unas 44 familias y 184 personas (103, menores de edad) habitan en El Gallinero, un asentamiento chabolista del sur de Madrid. Cada uno de ellos sueña con mudarse a un nuevo hogar, con paredes resistentes, agua corriente y servicios básicos, tal como lo prometió hace tres años el consistorio, cuando aseguró que acabaría con este tipo de comunidades. La esperanza es que se mudarán a unos pisos en Usera.

Aunque para los niños de algún modo se hayan adaptado a esta improvisada realidad, sus padres aspiran un cambio pronto. Elena Rado ya cumple 16 años viviendo en El Gallinero.”Me da un poco de pena, pero mejor una lavadora que esto”, dice. “Aunque nos hemos acostumbrado”, susurra, mostrando una habitación forrada en telas, con un colchón de mantas impolutas y dos fotos enmarcadas en el cabecero. Aun así, avisa: “Está un poco desordenado y sucio porque, como nos han dicho que nos íbamos, no estamos recogiéndolo”.

La esperanza de mudarse estar cada vez más cerca. El pasado lunes la alcaldesa Manuela Carmena y el presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido visitaron la zona y notificaron el fin de El Gallinero de aquí a septiembre. Sin concretar ninguna fecha exacta, los mandatarios informaron de que habrá dos vías para el realojo: un acceso directo a una vivienda o un traslado a un alojamiento alternativo provisional, compartido y supervisado por los servicios sociales.

 

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“Ya no va a haber Gallinero”,  dijo Carmena. “No podíamos permitir que esto continuara”, comentó antes de animar a los residentes a emprender “esta gran aventura”. “Confiamos absolutamente en vosotros, porque todos juntos vamos a respetar las normas de convivencia. Sé que podéis hacer algo muy grande, sé que vais a ser unos vecinos más de la ciudad de Madrid y ojalá seáis de los mejores”, sentenció.

Ya era hora para este cambio según dicen los habitantes que llevaban tiempo esperándolo. Según cuenta Javier Baeza -cura de la Parroquia de San Carlos Borromeo,  entrevías, y uno de los voluntarios que acude desde hace años a El Gallinero-, el grupo Ahora Madrid prometió el desmantelamiento del poblado en cuanto llegó a la alcaldía. Siempre por medio de la concejalía de Equidad, Derechos Sociales y Empleo. Han estado “mareando” y la gente está “inquieta”, aduce. “No se les da información. Solo se les ha entregado un papel con normas. Y eso nos ha hecho pensar si hablamos de realojo o de tutela infantil”, lamenta el párroco, cómplice firme de estos vecinos de la capital. Se sabe con precisión los movimientos que ha sufrido este lugar próximo a la carretera de Valencia y con un 93% de Índice de Pobreza Humana. Baeza no acudió el día de la visita oficial porque creía que hacerse la foto suponía seguir con la estigmatización de esta población.

Las nuevas circunstancias se revelan positivas, pero no satisfacen a toda la comunidad. De las familias que habitan El Gallinero, unas 18 se han quedado sin esta medida, tal y como calcula Baeza. Al resto se le va a dispersar en barrios de la periferia, sin especificar. Y eso provoca el desasosiego de dónde será, de si estarán cerca de donde estudian o de con quién compartirán portal. Con la decisión final y la hoja de normas que les han proporcionado (donde se establecen sanciones por perder las llaves o se prohíben las visitas, entre otras) andan despistados. Una familia que disfruta de una piscina, por ejemplo, ha quedado fuera del reparto: no tienen solvencia para los 65 euros que cuesta el alquiler. Piensan ya, es en volver a Rumanía. “En cuanto se vayan ellos y vengan a tirar esto, nos vamos a nuestro país”, sostiene uno de ellos, que se resguarda del sol bajo una lona y unos palés.

 

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