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Niños rehúsan vivir en Melilla por malos tratos y condiciones precarias

La llegada de niños y niñas no acompañados a España creció un 60 % Desde hace más de una década, […]

La llegada de niños y niñas no acompañados a España creció un 60 %

Desde hace más de una década, los niños que habitan en Melilla consideran que no hay futuro. Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) aseguran que los pequeños prefieren padecer en las calles que vivir de por vida en esa ciudad, donde los malos tratos y condiciones precarias reinan y atentan contra su bienestar. Por eso huyen.

Datos oficiales confirman que hasta diciembre del año pasado al menos 900 niños viven solos en Melli, pese que el número es exacto es difícil precisar. Son el 14,3 % de todos los que hay registrados en España, un total de 6.414. 

Te podría interesar: “Nos oponemos a las detenciones de los niños”: ONU

Entre los muchos pliegues del drama de la inmigración en la ciudad, pendientes de resolución y de un cambio de política del nuevo Gobierno que, desde la perspectiva de varias entidades sociales, debería considerarlo por ser uno de los asuntos más desesperantes. Llegan en patera, ocultos en coches, y están atrapados en Mellilla. 

Aunque la cifra fluctúa de forma misteriosa, entre 500 y un millar de los niños, llamados coloquialmente MENAS  (siglas de Menores No Acompañados), viven la calle. Mientras, la otra parte es tutelada por la administración. En el mejor de los casos, porque logran colarse en un barco rumbo a la península. Para el peor hay un temible abanico de posibilidades. Entre ellas, que lo intenten y mueran.

El pasado mes de febrero, Francisco Fernández Marugán, en el Senado, dijo: “Me preocupa mucho lo que está pasando con los niños en Melilla, mucho, mucho, mucho”. Pero de la preocupación no se pasó a la acción.

Por su parte, en el enclave, se agolpan un 14 % de los menores no acompañados de toda España y hay 160 sin escolarizar ya que los colegios los rechazan por no tener papeles.

Dada esta problemática, la consejería de Bienestar ha puesto en marcha un nuevo servicio de educadores de calle, 16 empleados con petos naranjas que recorren la ciudad para atender a los menores que viven en la vía pública y cuya eficacia está por ver.

Las llegadas de niños y niñas no acompañados a España creió un 60 % en el año 2017. En Melilla el sistema de acogida de menores sigue atascado.

Giulia Sensini, responsable de Save the Children en Melilla, donde la organización también gestiona una oficina de atención a menores en el paso fronterizo de Beni Enzar, reflexiona: “Lo mínimo sería abrir otro centro, menos masificado”, en relación a la cantidad de espacios para menores. 

“La gran debilidad del sistema es que el único plan es echarlos a los 18 años, y ellos mismos cuando salen del centro tampoco tienen más plan que llegar a la península, hacer risky, ya habrás oído la expresión. En Melilla es muy conocida, viene de “arriesgado”, en inglés, y significa intentar colarse en un barco. Saltando la valla de concertina del puerto, escondiéndose en un camión, o en su carga, a veces residuos tóxicos de ceniza de la incineradora, o cemento en polvo”, explica. 

El Gobierno tiene que poner ya en su agenda el problema de estos menores, opina Catalina Perazzo, líder de políticas de infancia de Save the Children.

Un jurista que atiende estos casos, que afirma que las expulsiones sumarias, en caliente, cuando les pillan por la calle, son “constantes”, hace referencia a que la prueba del desinterés oficial por estos menores tutelados es lo que ocurre cuando cumplen 18 años. En teoría tienen derecho a la tarjeta de residencia, con la que pueden irse a la península, pero a menudo los centros de acogida no se la tramitan. Cuando salen deben conseguirla ellos mismos y se pierden en un laberinto burocrático. A su juicio, “el objetivo es que se pase plazo para poder echarles”. 

26 junio, 2018

La llegada de niños y niñas no acompañados a España creció un 60 %

Desde hace más de una década, los niños que habitan en Melilla consideran que no hay futuro. Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) aseguran que los pequeños prefieren padecer en las calles que vivir de por vida en esa ciudad, donde los malos tratos y condiciones precarias reinan y atentan contra su bienestar. Por eso huyen.

Datos oficiales confirman que hasta diciembre del año pasado al menos 900 niños viven solos en Melli, pese que el número es exacto es difícil precisar. Son el 14,3 % de todos los que hay registrados en España, un total de 6.414. 

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Entre los muchos pliegues del drama de la inmigración en la ciudad, pendientes de resolución y de un cambio de política del nuevo Gobierno que, desde la perspectiva de varias entidades sociales, debería considerarlo por ser uno de los asuntos más desesperantes. Llegan en patera, ocultos en coches, y están atrapados en Mellilla. 

Aunque la cifra fluctúa de forma misteriosa, entre 500 y un millar de los niños, llamados coloquialmente MENAS  (siglas de Menores No Acompañados), viven la calle. Mientras, la otra parte es tutelada por la administración. En el mejor de los casos, porque logran colarse en un barco rumbo a la península. Para el peor hay un temible abanico de posibilidades. Entre ellas, que lo intenten y mueran.

El pasado mes de febrero, Francisco Fernández Marugán, en el Senado, dijo: “Me preocupa mucho lo que está pasando con los niños en Melilla, mucho, mucho, mucho”. Pero de la preocupación no se pasó a la acción.

Por su parte, en el enclave, se agolpan un 14 % de los menores no acompañados de toda España y hay 160 sin escolarizar ya que los colegios los rechazan por no tener papeles.

Dada esta problemática, la consejería de Bienestar ha puesto en marcha un nuevo servicio de educadores de calle, 16 empleados con petos naranjas que recorren la ciudad para atender a los menores que viven en la vía pública y cuya eficacia está por ver.

Las llegadas de niños y niñas no acompañados a España creió un 60 % en el año 2017. En Melilla el sistema de acogida de menores sigue atascado.

Giulia Sensini, responsable de Save the Children en Melilla, donde la organización también gestiona una oficina de atención a menores en el paso fronterizo de Beni Enzar, reflexiona: “Lo mínimo sería abrir otro centro, menos masificado”, en relación a la cantidad de espacios para menores. 

“La gran debilidad del sistema es que el único plan es echarlos a los 18 años, y ellos mismos cuando salen del centro tampoco tienen más plan que llegar a la península, hacer risky, ya habrás oído la expresión. En Melilla es muy conocida, viene de “arriesgado”, en inglés, y significa intentar colarse en un barco. Saltando la valla de concertina del puerto, escondiéndose en un camión, o en su carga, a veces residuos tóxicos de ceniza de la incineradora, o cemento en polvo”, explica. 

El Gobierno tiene que poner ya en su agenda el problema de estos menores, opina Catalina Perazzo, líder de políticas de infancia de Save the Children.

Un jurista que atiende estos casos, que afirma que las expulsiones sumarias, en caliente, cuando les pillan por la calle, son “constantes”, hace referencia a que la prueba del desinterés oficial por estos menores tutelados es lo que ocurre cuando cumplen 18 años. En teoría tienen derecho a la tarjeta de residencia, con la que pueden irse a la península, pero a menudo los centros de acogida no se la tramitan. Cuando salen deben conseguirla ellos mismos y se pierden en un laberinto burocrático. A su juicio, “el objetivo es que se pase plazo para poder echarles”. 

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